EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA, de H. P. Lovecraft ilustrado por Enrique Breccia

En las montañas de la locura - H. P. Lovecraft - Ilustraciones de Enrique Breccia - Libros del Zorro Rojo
La reciente publicación de En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft, con ilustraciones de Enrique Breccia (Libros del Zorro Rojo), nos ha dado la excusa para hacer una relectura de este libro ya clásico. Y, aunque hablar de Howard Phillips Lovecraft como de un autor "clásico" pueda ser en cierto modo controvertido, al menos para los aficionados al -y una parte considerable de los profesionales del-  género fantástico en general -en todas sus modalidades, desde la literatura hasta los videojuegos, pasando por el cine o el cómic-, y al horror en particular, esta sentencia debe tener un sentido más que fuerte. Incluso aunque no se esté de acuerdo. Porque si algo no se le puede negar al de Providence es el inmenso legado e influencia de su obra, no sólo en las innumerables adaptaciones más o menos directas de la misma, sino en tanto que inspiración para otros muchos autores. Así, otros escritores se han basado en sus conceptos y creaciones para dar continuidad al universo lovecraftiano en lo que se conoce genéricamente como los Mitos de Cthulhu y, de forma general, se han apoyado en mayor o menor medida en sus escritos para dar lugar a todo un género, el de "horror lovecraftiano", el cual alcanza a autores de la talla de Jorge Luis Borges o Michel Houellebecq.

En un caso que podríamos considerar en cierto modo similar al de Philip K. Dick, si bien podríamos llegar a decir que el influjo de Lovecraft ha moldeado una parte valiosa de la ficción de quienes le han sucedido y, con ello, de nuestra propia imagen del mundo, se le suele achacar, en cambio, su, dicho suavemente, poco valor como escritor en sí. Como Dick, también publicó -lo relativamente poco que fue impreso durante su vida, al menos- en revistas populares, donde las cualidades literarias no eran precisamente la finalidad y hacia donde sólo de forma relativamente reciente, y aún hoy más bien minoritaria, los estudiosos académicos han dirigido sus anteojos. Y cuando esto se hace, uno de los reproches que no suele faltar tiene que ver con las carencias de la escritura de Lovecraft. Ahora bien, más allá de esto, lo que parece innegable es que abrió unas posibilidades a la escritura de ficción que trascienden lo estilístico para mostrar un universo propio, de una originalidad tal que, para referirse a él, se ha acuñado el adjetivo "lovecraftiano", alcanzando con ello un privilegio singular del que gozan autores de la talla de Platón, Kafka o el citado Dick. Puede argüirse que el estilo de Lovecraft o Dick es más o menos execrable -aunque no falten defensores, en este sentido, de uno y otro-, pero hay innumerables evidencias cuyo conjunto apunta a que ambos, como decíamos, han trascendido su obra y han abierto nuevos modos de ver el mundo e, incluso, de estar en él, y esto no sólo en la ficción.

Un buen ejemplo de lo anterior lo tenemos en una de las obras más conocidas de Lovecraft, En las montañas de la locura. A medio camino entre el relato extenso y la novela corta -160 páginas en la edición, ilustrada, que hemos mencionado-, su contenido es paradigmático de ciertas constantes del autor, ya convertidas en tópicos: un hombre o un conjunto de hombres enfrentados a algún hecho o hechos singularmente extraños, de apariencia sobrenatural, que terminan revelando la presencia de seres venidos de otra dimensión o del espacio cósmico; la confrontación entre humanos y tales seres desemboca, de forma casi inevitable, en la locura o la muerte de los primeros. La obra se inserta en el ciclo de Cthulhu, y en ella hacen aparición dos de las razas de seres extraterrestres que forman parte del canon de los Mitos de Cthulhu: los Antiguos y los Shoggoths, aunque se hace referencia a otros -los Mi-Go o los engendros de Cthulhu-, creaciones lovecraftianas que han hecho fortuna y que encontrarán de todas las maneras y en todos los ámbitos posibles.

No vamos a resumirles con detalle el argumento -ya lo descubrirán en su lectura, o revisarán en su relectura-, aunque sí les diremos que la obra tiene la forma de un texto escrito en primera persona por uno de sus protagonistas, en forma de crónica y con una finalidad muy concreta. Quien lo escribe es un científico, y lo que narra son las peripecias y descubrimientos de cierta expedición geológica a la Antártida. Y esto con una finalidad muy concreta: desalentar nuevas expediciones a la zona. El porqué, como decimos, lo averiguarán -o redescubrirán- en la obra.

Algunos lectores han criticado el relato por su carencia de diálogos, sus prolijas descripciones de aspectos técnico-científicos, su final anticlimático, ciertos detalles que le restan plausibilidad... Personalmente, creo que se le puede dar la vuelta a la mayor parte de tales argumentos siempre y cuando se comparta algo muy subjetivo y que, desde luego en mi caso, siempre se produce con Lovecraft: la fascinación. Algo difícil de describir, pero que consigue que pasemos de largo por los posibles peros que puedan ponerse y que, simplemente, terminemos sumergidos en el texto, fascinados por él. Como les decíamos, Lovecraft abre un mundo propio, en el que el hombre se ve enfrentado al horror cósmico en una lucha desigual de final predecible, y mérito suyo es el de haber conseguido trasladarnos esa sensación inefable de estar ante seres que producen un vértigo de una especie muy singular. Y quizá esa sea una de las claves: sus historias quizá no sean, al menos las de esta especie, propiamente relatos de terror, pensados para producir miedo, sino que lo que pueden transmitir es algo, digamos que ese vértigo, de un tipo algo diferente.

En el apartado de curiosidades, llama la atención el que En las montañas de la locura sea en cierto modo una continuación, o una suerte de homenaje, a la Narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe. Ambas obras se insertan, además, en la tradición de los mitos polares, tema sobre el que volvemos a recomendarles esta obra. Y más allá del libro, es también curiosa esa especie de maldición que parece perseguir al director Guillermo del Toro, el cual lleva desde el año 2006 al menos con un guión preparado para realizar una adaptación cinematográfica que se ha visto frustrada una y otra vez. La que sí ha visto la luz es la versión en cómic de Ian Culbard, editada no hace demasiado por aquí. Y dentro de la variedad de secuelas no podemos dejar de mencionar una de las más singulares: En las montañas de la locura: Electric Bogaloo, que se inserta en el universo Fanhunter de nuestro Cels Piñol.

Sobre la edición de Libros del Zorro Rojo, en una palabra, y como es habitual tratándose de esta editorial, pues simplemente admirable. En un formato tremendamente cuidado -en rústica, con un papel satinado de calidad para que brillen las fantásticas ilustraciones a todo color de Enrique Breccia-, se nota que ha sido revisado cuidadosamente para eliminar cualquier posible errata. La traducción, sin haber cotejado con el original, parece muy buena, sin que chirríe en ningún momento. Y desde luego el mayor acierto es la elección de Breccia para realizar las ilustraciones. Viejo conocido de los aficionados al cómic (en obras realizadas para el mercado internacional, incluyendo las majors norteamericanas Marvel y DC), se ha labrado un nombre también en su faceta como pintor e ilustrador. Aquí realiza un trabajo soberbio, captando a la perfección el tono de la novela y enviando un conjunto de ilustraciones que la complementan visualmente de forma extraordinaria. Curiosamente el padre de Enrique, el genial Alberto Breccia, también ilustró, en forma de cómic, diversos relatos de H. P. Lovecraft en un conjunto que es ya un clásico del medio y que les recomendamos encarecidamente.

Siempre hay, como les decíamos al principio, una excusa para descubrir, o redescubrir, a los clásicos. Y, ahora que parece que pasamos por una especie de fiebre lovecraftiana y que su nombre parece multiplicarse en diversos ámbitos, es más que recomendable acercarse a la fuente y averiguar por uno mismo a qué se debe el peso de su legado. Están invitados.

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