Marvel en los 60: optimismo e incertidumbre en los héroes tecnocientíficos (XVI)

Spiderman y el Lagarto en Amazing Spiderman 6, Steve Ditko
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2.3.- Las amenazas tecnocientíficas.

Frente al patente optimismo tecnocientífico que representan personajes como Reed Richards y los 4F, Anthony Stark / Iron Man o Henry Pym / El Hombre Hormiga, y lugares como el Baxter Building, el Helitransporte de SHIELD o los laboratorios de las Industrias Stark, hay toda una serie de contrafenómenos que ofrecen un preciso reverso de este optimismo y desdoblan la imagen tecnocientífica del mundo en una más o menos coincidente con la que las encuestas de percepción pública sobre ciencia y tecnología del mundo "real" suelen mostrar como resultado estadístico: altos índices de seguridad y confianza, pero también de sospecha e incertidumbre sobre la tecnociencia. Trataremos de ilustrar este último aspecto con algunos ejemplos, que hemos dividido entre "amenazas indeseadas" y "amenazas voluntarias" tecnocientíficas; división más o menos laxa, ya que, entre otras cosas, ambas categorías se solapan en ciertos casos.

Respecto a las "amenazas indeseadas", quisiéramos incluir aquí aquellas amenazas de carácter tecnocientífico cuyo origen tienen lugar en un acontecimiento inesperado, no previsto, accidental, a causa de un sabotaje, un experimento fallido, etc., resultando, frente a las "buenas intenciones" que en principio motivaban el arranque, algún tipo de amenaza, peligro, contrariedad o consecuencia negativa en general de algún tipo. Nos servirán como ejemplos los casos de los doctores Bruce Banner, Curtis Connors y Otto Octavius.

  • 2.3.1.- Curtis Connors.
Un resumen del caso del Dr. Banner y de su transformación en Hulk ("La Masa") ya ha sido expuesto, así que no insistiremos en ello, aparte de para asegurar la pertenencia del caso también de este apartado, como amenaza tecnocientífica "indeseada" (las "buenas intenciones", en el contexto de una investigación militar, del Dr. Banner, son más o menos evidentes, así como las consecuencias imprevistas del experimento sobre la bomba gamma, culpa de un sabotaje -y de los fallos en la seguridad-, que darán vida a la amenaza tecnocientífica conocida como "The Hulk").

El caso del Dr. Curtis Connors tiene cierta similaridad con el anterior. El personaje apareció muy temprano en la serie de Spiderman, todavía con Stan Lee y Steve Ditko, el equipo creador del personaje, a cargo del título. La historia nos cuenta la peripecia de un científico, concretamente cirujano y experto a nivel mundial en lagartos (y sí, la interdisciplinariedad más delirante es una de las marcas de la casa en los comics Marvel de la época; esto merece como mínimo una nota1).

Habiendo perdido un brazo en un lance de guerra, el Dr. Curtis Connors ha dirigido sus esfuerzos de investigación hacia los lagartos debido a la habilidad de estos para regenerar miembros que les fueran amputados. Y consigue, como resultado de su estudio, extraer de dichos animales un suero que, probado sobre un conejo mutilado, es capaz de regenerar una nueva extremidad. Connors, animado por este éxito, se decide a probar el suero sobre sí mismo y, de modo casi inmediato, una nueva extremidad aparece para sustituir a la que le faltaba. Pero un efecto secundario no previsto tiene lugar a continuación, y la piel del científico comienza a transformarse en escamas verdosas; la mutación continúa inexorablemente hasta que Connors toma la apariencia completa de una suerte de lagarto antropoide, incluyendo una cola. Esta transformación le desquicia hasta niveles patológicos, tornándose violento e irracional y provocando la intervención de la policía, en primer término, y de Spiderman, a continuación, que será el encargado de terminar con la amenaza -en primera instancia, ya que el personaje volverá a aparecer-, devolviendo a Connors a su forma original mediante el consabido antídoto, desarrollado sobre la marcha por el mismo Peter Parker2.


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1 En una época en la que la especialización casi micrológica que caracteriza la actual investigación científica ya era moneda común y corriente en la práctica, además de presentar la vigencia de los paradigmas de la Big Science posterior a la Segunda Guerra Mundial (con los megaproyectos de investigación que implican una gran cantidad de recursos materiales, humanos y económicos), Stan Lee y compañía siguen insistiendo en la figura del científico solitario que, en laboratorios más o menos caseros, alcanzan resultados espectaculares a nivel de investigación y descubrimiento. Es lógico suponer que aquí, en realidad, se está insistiendo en un tópico de la literatura fantástica hasta justamente, más o menos, la eclosión de la Big Science: la figura del “mad scientist”, con resonancias ejemplificables en obras de R. L. Stevenson o Mary Shelley, por citar dos casos de sobra conocidos. De todos modos, la ambivalencia en todo lo que rodea a la tecnociencia en la época, y que halla su reflejo “popular” en estos comics, permite que esta antigua figura conviva con la imaginería de proyectos más cercanos a, justamente, los de la Big Science sin aparente contradicción.
2Hay al menos dos textos en la primera aparición del Lagarto (Stan Lee y Steve Ditko, Amazing Spiderman nº 6, noviembre de 1963) que creemos interesantes en este contexto. El primero tiene lugar cuando Peter Parker / Spiderman está intentando dar con el antídoto que devolverá a Connors a su estado normal: “Menos mal que en la escuela estudio ciencias. Mis compañeros se burlan de mí, dicen que soy un empollón. ¿Y qué? Este empollón encontrará un antídoto para el Lagarto”. El segundo es pronunciado por un restablecido Connors, que se confiesa a su esposa: “He jugado indebidamente con las fuerzas de la naturaleza. Cuando pienso en lo que podría haber ocurrido (…) Quemaré mis notas. Nadie debe repetir mis experimentos. ¿Qué precio debo pagar por lo que he hecho... Por la destrucción que he sembrado?”, a lo que responde un Spiderman en su papel de buen samaritano: “No ha infringido ninguna ley. Por suerte, lo detuve antes de que causara daños. Sugiero que esto quede como un secreto entre los tres.” Edición española citada, nº 1, pp. 14 y 22.

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