ANTIFUENTE, de Fco. Javier Pérez

Anfifuente de Fco. Javier Pérez
Si por algo está destacando la labor editorial del amigo Yorkshire en su travesía hacia Bizancio, además de por el cuidado y el mimo que pone en todos los detalles de cada nuevo proyecto, es por su buen tino a la hora de escoger a los autores que publica. Sin imposiciones en cuanto a la -supuesta- comercialidad, al género, al estilo, incluso al medio, sólo parece haber un hilo conductor en todas las obras que han aparecido bajo su sello: la calidad. Gracias a su labor hemos tenido la oportunidad de conocer a grandes promesas como Pejac o Gaspar Naranjo; ver obras de autores consolidados y/o en trayectoria ascendente (varios de los autores del libro temático Desde el abismo, o el alter ego de Alberto Vázquez); recuperar algún autor de nuestro legado histórico (Historietas sevillanas de Martínez de León); o acceder a una de las escasísimas obras académicas dedicadas, con rigor, dedicación y talento, al cómic (La arquitectura de las viñetas, de Rubén Varillas). Como ven, un catálogo repleto de auténticas singularidades, una apuesta en fuerte por desmontar tópicos sobre la edición de cómic y libros en nuestro país, y, hasta la fecha, un hito tras otro cuyo reconocimiento, quizá, todavía tarde en llegar. Como suele ocurrir con las labores pioneras, llevadas a cabo por visionarios.

Precisamente estos dos últimos adjetivos le pertenecen con justicia al autor cuya obra comentamos aquí, Fco. Javier Pérez. Un escritor para cuya obra cuesta encontrar etiquetas, y con el que ocurre que cualquiera que trate de comentarla sin duda se verá tentado a recurrir a las analogías con otros autores igualmente iconoclastas e inclasificables, desde Philip K. Dick hasta J. G. Ballard, desde Louis-Ferdinand Céline hasta Chuck Palahniuk. Olviden todo eso. No les va a preparar para la lectura de Antifuente, no se la facilitará ni supone ayuda alguna. No para un lector honrado, que no se conforme con tener un muy racional, edificante y acomodaticio sistema de archivos clasificatorios donde poder situar, en formación de revista, a cualquier autor, a cualquier obra. Si todavía les queda capacidad de asombro, si todavía han dejado espacio para la duda, incluso para la perplejidad, si su sentido de la maravilla todavía no es una cínica máquina de colocar en estantes y olvidar, entonces, amiguitos, prepárense para una nueva experiencia.

Presentemos al autor. Fco. Javier Pérez, nacido en 1979, o sea, joven, muy joven. Ha publicado un buen puñado de sus peculiares relatos en diversas revistas y webs y, en papel, se le conocen dos libros de relatos, Antifuente y Dionisia Pop!, una novela, Hierático, una novela gráfica, editada igualmente por Viaje a Bizancio, La Memoria Invisible (que comentaremos próximamente por aquí, faltaría más)... Y hay más cosas, que ya iremos descubriendo. Vamos a tener autor para largo. Supongo, espero.

Y la obra. Antifuente es un libro de relatos breves, generalmente de temática, digamos, fantástica, aunque esto, créanme, ni siquiera da una pista de por dónde van los tiros. Algunas historias comienzan in media res, y no se crean que nos aclaran mucho más adelante, con finales truncados que nos dejan pensando si no falta alguna página. Pero vuelvan atrás, piénsenlo mejor: estamos muy mal acostumbrados. ¿Han visto Southland Tales, esa obra maestra de Richard Kelly arrojada al contenedor por crítica y público? Estamos a veces demasiado rígidos, padecemos estreñimiento mental. Tenemos poca tolerancia a los finales abiertos, a las estructuras desestructuradas que avanzan de forma no lineal, sino en espirales, en caminos que el autor simplemente señala, pero que el lector o espectador deben recorrer por sí mismos. Por suerte, ahí están los Fco. Javier Pérez y demás, listos con el purgante que, querámoslo o no, necesitamos. Unas píldoras algo indigestas, pero de resultados espectaculares.

Tomen nota de este nombre: Fco. Javier Pérez. Recuerden: Antifuente. Recétenselo a sí mismos si notan síntomas de apatía, si creen que han perdido el sentido de la maravilla, si no pueden salir de los caminos en los que A lleva a B y luego a C. ¿Efectos secundarios? Muchos, por suerte. Quizá no todos agradables. Pero todos valen la pena.

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