CUADERNO DE TORMENTAS, de David Rubín

No todos los autores de cómic españoles son capaces de atraer sobre sus nuevas obras la atención que consigue David Rubín. Y esto, claro está, por méritos propios: el autor gallego ha acumulado, en muy poco tiempo, un auténtico vendaval de premios y reconocimientos de la crítica y el público, merced a una obra cuyo interés desde luego los merece. Ahora bien, es ésta un arma de doble filo, ya que probablemente su autor se haya encontrado en la situación de pasar de un "hago lo que quiero, total, para cuatro gatos que van a leerme..." a acumular la presión que supone tener la mirada de la crítica y las expectativas de su público puestas sobre él, editando además esta obra que les comentaremos a continuación en una editorial importante como Planeta de Agostini -y simultáneamente en varios países, para más inri-. De la necesidad virtud: David Rubín parece haber cogido esa congoja y, en un gesto típicamente artístico, la ha sublimado a través de este Cuaderno de Tormentas. Crónica de los deambulares por Ciudad Espanto.

Así pues, en este tomo -muy bien editado, por cierto- encontramos la peripecia de un autor de cómic sin historias que contar que realiza un viaje sin retorno por la Ciudad Espanto del título, trasunto del reino del sueño, del infierno y del Párnaso, todo en uno. Esto le sirve a Rubín como pretexto para desgranar un sinfín de pequeñas historias, apenas sugeridas, bajo el hilo conductor del periplo iniciático de su protagonista, cuya propia historia es, al final, conformada por y conformadora del tebeo mismo.

A la hora de contar esta historia, David Rubín opta por una curiosa mescolanza. Por una parte, la narración tradicional de cómic prácticamente desaparece en favor de una estructura generalmente de una sola ilustración a página simple o doble con textos de apoyo para acompañarla, ilustración a veces descompuesta en secuencias, pero con un uso sólo ocasional de los recuadros que encierran secuencias diferentes. De este modo ganamos el poderío visual que tienen los dibujos de Rubín sin el corsé de la descomposición en paneles de tamaño reducido, además de que el efecto se subordina a la perfección al ritmo narrativo escogido por el autor, que obliga a detener la vista sobre unas imágenes generalmente de gran tamaño y llenas de detalles, y acompañarla con la lectura del texto que la acompaña. El resultado final es de un poderío estético impresionante, con planchas que aúnan belleza e imaginación, con el personalísimo estilo de Rubín como firma del conjunto. Una auténtica maravilla, pues, en el aspecto visual.

Y, por otra parte, el autor escribe los textos de la obra en un estilo pseudoliterario de ecos clasicistas, particularmente románticos -incluyendo los rescates del pasado que esos mismos románticos hicieran-. Y es ésta, me temo, la parte que me falla... Por un lado, la sonoridad de los textos suena por momentos en exceso pretenciosa, cargada de ese halo de trascendencia más propio de las plumas del pasado, con un vocabulario decididamente artificioso, muy rebuscado para un habla normal, y muy tópico para la literatura... Sin el punto de ironía que permitiría "perdonar" el asunto en aras de la "postmodernidad" y ese tipo de coartadas intelectuales. Pero no, el lenguaje me resulta demasiado trillado y artificioso... Abundan metáforas, símiles y comparaciones, y no destacan por su originalidad precisamente... sonido "como de cristales rotos", mensaje sonoro "cual botella al mar", adoquines que "se tornan alfombra roja a su paso"... y así unos cuantos ejemplos más. Es triste que además, a veces, alguna expresión más o menos conseguida se caiga al suelo por su continuación o contexto (por ejemplo, "sombras infantes que se abrazan a los vientres de quienes su jardín se atreven a pisar", figura más o menos conseguida arruinada por la comparación que sigue: "como quien abraza a una madre en una noche de tormenta"). En resumen: espero que Eloy Fernández Porta no descubra esta obra... o sí, que igual hasta le da por reivindicar estos aspectos tan, por decirlo con él, "trash".

Pero si la parte literaria puramente formal, como ven, no es precisamente algo que me convenza, sí lo es la imaginería que despliega Rubín a lo largo de toda la obra. De cada uno de los pequeños retablos en los que se subdivide la obra podría escribirse una obra mayor, auténtico derroche de conceptos e imaginación el que se permite Rubín... Que no hay duda, no dejen que mis teclosas objeciones les convenzan de otra cosa, de que estamos ante un autor de un talento avasallador, que desborda arte por -al menos- tres de los cuatro costados... Y que, no lo olvidemos, es joven, es prometedor y, como decía Breccia, estamos convencidos de que "aún aprende". Seguro que en obras futuras se suelta más con los textos, se deja de florituras que no llevan muy lejos y nos da -a mí a la primera- una lección de escritura de cómic. Yo espero grandes cosas de el señor Rubín. Como todos ustedes, que ya lo han leído. Y si no lo han hecho, ¿qué hacen perdiendo el tiempo leyendo este blog?

7 comentarios:

Carlos Pujol dijo...

Yo a David lo empecé a leer con su Tetería del Oso Malayo , obra que me llegó a saltar alguna lagrimilla que otra, sobretodo por haberme encontrado retratado con alguna de sus historias. Pero he de admitir que me he llevado un chasco bastante grande al leer su última obra. Me ha dejado frío tanta poesía , y sobretodo encuentro que detrás de todos esos artificios ha faltado una historia que contar. A su favor debería decir , que solo por sus dibujos este cómic ya merece el gasto aunque se eche de menos al Rubín cuenta cuentos. Bye.

Werewolfie dijo...

Desde luego, el Cuaderno de tormentas es una adquisición impepinable, y creo que, independientemente de que a unos nos pueda parecer algo fallido en su aspecto literario -hay lectores que opinan lo contrario, entre ellos el gran Álvaro Pons, y estoy convencida de que él tiene mucho más criterio, conocimientos y experiencia que yo-, en lo que todos parecemos coincidir es que gráficamente es intachable. Yo le tengo muchas ganas a Rubín, y puedo asegurar que voy a seguirle muy de cerca: me encanta, y creo que está llamado a ser un clásico. El tiempo lo dirá.

FranciX dijo...

A mí me parece que en esa aparente falta de historia principal se encuentra la verdadera historia, y que es precisamente el quid del cómic. Si bien es más onírico que en sus otras obras, hay que reconocer que resuelve bastante bien la historia de historias con lo que mejor sabe hacer: contar (y no contar) pequeñas historias enlazadas en un no-relato más emotivo que ilustrativo. El dibujo, los diseños de personajes, la narrativa de las páginas,... me han parecido sublimes.

Werewolfie dijo...

>>> El dibujo, los diseños de personajes, la narrativa de las páginas,... me han parecido sublimes.

Pues ya somos dos, FranciX.

FranciX dijo...

La verdad es que soy un enamorado reciente de la obra de David Rubín (ahora me pondré con la Tetería del Oso Malayo) al que descubrí gracias a la BD Banda y a Dos Veces Breve, y ahora es cuando me estoy haciendo con todo lo del galego.

Tiene un punto en su lápiz y en su acabado que me encanta. Además tiene atrevimiento con la narrativa, no es nada conformista delante de la página, y la verdad es que conmigo suele acertar.

Quise comprar un original de esta obra, pero se me fue de presupuesto... ¡ains!

PD: Tengo pendiente mandarte mis 15 nostálgicos ;-)

Werewolfie dijo...

Envíalos cuando quieras, por aquí andaremos. ;)

Intramuros dijo...

En efecto, un tebeo excesivamente pajero.

El mejor Rubin es el de las historietas cortas y con pocas palabras. Y si salen monstruos a lo Go Nagai pengandose totas, mejor que mejor.

Por cierto, ya que menciones a Eloy Fernández Porta, su "Homo Sampler" me parece intragable. Tan nuevo, y por su contenido parece escrito a mediados de los noventa.

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