
Tsutomu Nihei no es un autor, teniendo en cuenta el contexto japonés absolutamente destajista en el que ha publicado sus obras, demasiado prolífico. En España tan sólo hemos podido leer, si no me fallan las cuentas, el tomo unitario
Noise, la serie de 10 volúmenes
Blame! (ambas editadas por Glenat), la miniserie (recopilada en un tomo)
Lobezno: Snikt!, y una historia corta en la
Halo Graphic Novel (los dos últimos títulos editados por Panini). Si tenemos en cuenta que no es que hayan demasiadas cosas inéditas (y las que hay son en general historias cortas), y la cantidad de años que han pasado desde que Nihei comenzó a publicar su obra, tenemos un balance sin duda escaso.
Así pues, la última serie que Nihei está desarrollando -en curso en Japón, de momento con cuatro tomos editados- es ésta que nos trae un poco por sorpresa Panini -puesto que Glenat la había anunciado anteriormente-. Confieso que, tras la lectura de
Noise y de los primeros volúmenes de
Blame! -lectura que comencé hace poco, y de la que llevo completados cuatro tomos-, tenía franca curiosidad por leer este nuevo título. No es que tuviera unas expectativas determinadas; el impacto de las obras citadas ha sido tan grande que, siendo realista, me hacían temer que sería difícil que una nueva obra del mangaka pudiera estar a la altura de las anteriores, en especial una vez desvanecido el "efecto novedad". Así que lo mejor era no esperar demasiado, leer sin prejuicios y ver qué tal.
Pues bien, les adelanto que la sorpresa ha sido mayúscula, y la impresión, inmejorable. Aunque quizá habría que matizar lo de la sorpresa. Todos los elementos característicos de Nihei están también presentes en este primer volumen de
Biomega. Así, las arquitecturas retro-futuristas, colosales, llenas de abismos y puntos de fuga al infinito, degradación, deshumanización y
kippel; los personajes andróginos, altos, flacos y estilizados; los mutantes biotecnológicos, cyberpunk y neocárnicos; las armas de gran poder destructor, la acción trepidante, las explosiones, la velocidad y el ritmo a ratos frenético; y los diálogos minimalistas y contenidos y las largas secuencias de silencio -o ruidos industriales-, entre otras cosas.
Sin embargo, algo hay de diferente con respecto a
Blame! Por una parte, parece que Nihei se ha propuesto hacer algo más accesible la lectura, dando más información sobre lo que está ocurriendo, la situación concreta que afecta a los personajes, sus motivaciones y su entorno. Frente a la cuasi-abstracción de muchos momentos de
Blame!, en los que de repente aparecen personajes y/o ocurren cosas que no parecen tener explicación -por no decir que el marco general de la acción nunca parece aclararse del todo-, ya en este primer volumen de
Biomega tenemos, al menos en apariencia, una trama bien establecida, con una amenaza bien determinada -un virus que causa mutaciones tecno-zombies-, dos bandos claramente enfrentados -en forma de megacorporaciones- y unos protagonistas de los que alcanzamos a saber lo suficiente para comprender, siquiera por encima, sus actos.
Protagonistas que, por lo demás, son casi un calco de los de
Blame! en muchos aspectos. Sin embargo, donde allí quedaban un tanto desdibujados entre los masivos decorados, aquí los tenemos dibujados de una forma menos etérea, más sólida y, diríamos, convencional. Está claro que los fuertes de Nihei, por lo menos en torno al dibujo, son tanto los paisajes arquitectónicos -lo cual guarda relación, obviamente, con su formación académica-, como los monstruos biotecnológicos
à la H. R. Giger (sí, quien no piense en el suizo al ver los diseños de Nihei, es que no conoce nada de la obra de aquel...) Y quizá su punto no tan fuerte sea el dibujo de rostros y expresiones; tal vez por eso en
Blame! estos quedaran más bien en un segundo término. Ahora bien, me atrevería a decir que la evolución de un autor a veces se aprecia por estos detalles, y Nihei parece haber ganado seguridad en este aspecto, atreviéndose ahora a concretar mucho más los contornos de la fisonomía y el rostro de sus personajes, acercando más "la cámara" a los mismos y tratando de que estos ganen en expresividad y matices. Quizá sigue sin ser su fuerte, pero el resultado es, en mi opinión, notable. Por lo demás, Nihei sigue combinando las tramas de rayado y el salpicado de tinta con las masas de negro del pincel para conseguir esas personalísimas y muy trabajadas texturas, de aspecto muchas veces descuidado, pero que atrapan inevitablemente la visión, haciendo que una pueda detenerse durante un buen rato en las viñetas disfrutando de los detalles, no sin cierta congoja ante lo oscuro y hasta tenebroso de la ambientación de la historia.
Y es que, más allá de los posibles cambios de detalle que, según mi parecer, puedan encontrarse entre
Blame! y
Biomega, lo que permanece imperturbable es la cantidad de emociones profundas que consigue transmitir Nihei en ambas obras. El amigo Yorkshire, en su brillante
análisis de Blame!, hablaba de arte conceptual y de la capacidad del
mangaka para transmitir conceptos metafísicos, trascendentes, con su arte, obligando al lector a implicarse activamente en la lectura y a realizar un cierto esfuerzo para desentrañar el sentido profundo de la obra. Pues bien, pese a que en Biomega al menos el argumento parezca estar algo más masticado, las elipsis, los espacios en blanco, las incógnitas y los vacíos siguen estando presentes, dejando a la capacidad hermenéutica del lector espacio más que sufiente para continuar buscando su(s) propio(s) sentido(s) de la lectura. Nihei es, creo yo, algo más que un mero autor de seinen cyberpunk: es un artista, y el arte, acéptenme esta nota en la definición, expresa, como decía Walter Benjamin a propósito del "aura": "la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)".
Lean, pues, a Tsutomu Nihei. Veremos cuán cercana encuentran esta lejanía.