PEPLUM, de Blutch

Peplum, de Blutch
Hay tebeos y hay tebeos, amiguitos, y esto, como saben, no es que sea una tautología. O sea, que hay tebeos de toda clase, aunque lo que más abunde, por lo general, sean tebeos con una intencionalidad más lúdica que otra cosa, todo lo dignos e incluso excelentes que se quiera, pero ciertamente alejados de lo que un crítico riguroso llamaría "arte". Pero de todo hay en la viña del Eterno y, por suerte para nosotros, también hay un puñado de creadores que merecen el nombre de "artistas" en sentido fuerte. Y a Blutch -como a Sfar, a Charles Burns, a Tsutomu Nihei, por nombrar a tres autores de distintos continentes- bien nos atreveríamos, si tuviésemos autoridad para ello, a ponerle esa etiqueta.

Este Péplum es la tercera obra de Blutch que podemos encontrar en nuestro país, tras La voluptuosidad y Blotch, si no tenemos en cuenta el álbum de La Mazmorra con dibujo suyo. Lo curioso es que entre sí estas tres obras no pueden resultar más dispares: La voluptuosidad es casi un delirio onírico, Blotch una sátira entre cínica y humorística sobre el mundo del arte, y este Péplum (sí, va con acento; bien notado por Sergio Tirafrutas, a quien, de paso, dedicamos con gratitud y admiración estas líneas), una especie de homenaje a los clásicos grecolatinos -y a algunas revisiones más recientes, desde Shakespeare a Fellini-.

Lo que hace que estas tres historias sean especiales, desde mi punto de vista, no es, entonces, ni su tema ni su argumento, muy dispares entre sí, sino el especial modo de narrar y plasmar en imágenes las historias que tiene el francés. Centrándonos en el caso de Péplum, me parece un excelente ejemplo de cómo la historieta es un medio artístico que se justifica por sí mismo, con un lenguaje y recursos propios que, en las manos adecuadas, puede dar lugar a obras que reconozcamos sin pedanterías ni exageraciones como "artísticas"; por si alguien todavía lo dudaba, vamos.

Blutch utiliza en esta obra un estilo de aspecto sucio y algo alborotado, pero al tiempo, y he aquí una parte del mérito, claro y comprensible: todos y cada uno de los elementos de la viñeta son fácilmente reconocibles, por muy anárquicas que resulten las texturas (una combinación de mancha de tinta y rayados en abundancia que contrastan con los espacios en blanco, sacándole todo el partido al blanco y negro al que se limita la gama tonal). Ahora bien, Blutch no es un ilustrador, sino un artista de cómic, así que los aspectos narrativos ganan la importancia que el medio exige: las elipsis, la secuenciación, la expresividad, todo brilla en juegos formales que pasan desapercibidos a la lectura normal (tuve una profesora de literatura que nos enseñaba que un recurso literario debe ser "invisible" para ser meritorio, que sólo debe aparecer ante el análisis y nunca ante la mera lectura); mutatis mutandis, valga lo mismo aquí), y que le permiten completar secuencias completas sin diálogos sin que en ningún momento dudemos de lo que está ocurriendo.

Por lo que hace al contenido, la historia se beneficia de unos diálogos brillantes, que consiguen retratar casi a la perfección la atmósfera de la época en que se sitúa la historia -la Roma clásica en tiempos de César, con el Satiricón de Petronio como fuente más notoria-. Blutch construye, en efecto, un fresco de la época de alcance, nos atrevemos a decir, universal, donde el catálogo de pasiones y acciones humanas aparece casi exhaustivamente a lo largo de la narración. Homo sum, humani nihil a me alienum puto, parece querernos decir Blutch (y perdón por los latinajos, pero si no los suelto aquí...) Capítulo aparte merece la ambientación, con una gran variedad de escenarios y siempre la impresión de ser llevados a donde el artista nos ha querido conducir.

Así pues, nos encontramos, en mi opinión, ante una gran obra, una de las que pueden hacer felices tanto a gafapastas como a aquellos que quieran pasar un entretenido rato de lectura, lleno de peripecias y aventurillas... como en los buenos péplum. Como en la buena literatura. Como en el arte, en suma. Por lo demás, la edición de Ponent Mon es, como acostumbran, intachable, y si tienen en cuenta que es un tebeo para releer, para prestar y, por qué no, para regalar, resulta hasta barato y todo. En fin, una obra maravillosa a todos los niveles, ideal para introducirse en el particular universo artístico de Blutch, y una de las que justifican la pasión que algunas tenemos por el medio.

2 comentarios:

lord_pengallan dijo...

A mi me ha impresionado muchísimo el dibujo, me ha parecido excelente. La historia no me ha llegado tanto, me parece un poco irregular y diluida. Creo que debería haberlo enfocado de otro modo, pero bueno igual es que no he entendido nada.

Werewolfie dijo...

Para gustos, colores... Ahora bien, no creo que sea cuestión de entender o no; la historia te llega o no te llega, igual no es cosa de darle más vueltas. Para mí la historia es genial; otra cosa es que pueda explicar por qué me lo parece.

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